
El objeto de este blog es pasarlo bien, escribiendo y contando cosas. Sin restricciones y sin normas.
Es un principio que he intentado seguir desde el primer día y se me ha ido a una publicación para contar chorradillas que más o menos me hacían gracia.
Pero hay veces que no puedo. Hay días en los que se me mueve algo por dentro, algo nada agradable que tengo que sacar a pesar de todo.
Por eso voy a contar la historia de esta foto como a mí me ha llegado.
Mi prima Ali se fue un buen día a Manila, a echar una mano en la recuperación del centro histórico. Un proyecto envidiable que se ha cogido con todas las ganas.
Una ciudad nueva, un país nuevo, un mundo nuevo.
Como es inquieta, cuando tiene tiempo coge el petate y viaja. Y nos va contando. Nos dice que hay muchísimo que ver. Que es como un paraíso. Por lo que vemos parece verdad.
Pero todo paraíso tiene su cara oscura.
En uno de sus viajes fue a los barrios marginales, los llaman Barangay, donde se hacinan familias y familias de ilegales que el gobierno no sabe cómo quitarse de encima.
En uno de esos barrios sacó esta foto que se me quedó enganchada en la boca del estómago y no me suelta.
No sé si es el estado en que está el niño o el paralelismo con el gato vagabundo muerto con todo lo que tiene de precursor, pero ahora el Euríbor, la crisis o la peli del domingo por la tarde me parecen terriblemente superfluos.




